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30-09-1998 Revista Internacional de la Cruz Roja No 147, septiembre de 1998, pp. 603-609 La guerra y la Cruz Roja: una misión no declarada ![]() War and the Red Cross — The unspoken mission Nicholas O. Berry, War and the Red Cross — The unspoken mission (La guerra y la Cruz Roja: una misión no declarada), St. Martin's Press, Nueva York, 1997, 159 pp.
Hoy, al comenzar esta reseña, el CICR y la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja han anunciado su retirada de la región de Kosovo, en la República Federal de Yugoslavia, tras recibir amenazas de muerte contra su personal expatriado. Esto me produce la sensación de que puede que tenga razón el autor de este libro, no tanto por lo que respecta a su tesis fundamental —de que el CICR ha decidido emprender una nueva misión, no declarada, para erradicar la guerra—, sino más bien en su conclusión: que los actores de los conflictos internos actuales perciben las actividades tradicionales del CICR como una amenaza para sus objetivos o, lo que es igual, como instrumento para mantener centrada en su «lucha» la atención de los medios informativos mundiales. Los editores de War and the Red Cross —the unspoken mission— remitieron un ejemplar a nuestra Sociedad Nacional —como enviarían probablemente a otras—, describiendo esta obra como «el libro más provocativo acerca de la Cruz Roja». Poco después advertí que varios de mis colegas parecían ciertamente haber sido objeto de una provocación (¿o debería decir que se les notaba preocupados?) y que ponían en duda la tesis de la «misión no declarada» del libro. Estas dos razones eran suficientes para leerlo al menos, y luego la Revista Internacional de la Cruz Roja me pidió que hiciese una recesión. Está claro que tratar de negar un plan oculto, sobre todo como alguien ajeno al CICR, es casi una contradicción. Por consiguiente, esta reseña ha de tomarse como mi impresión personal del libro. En 140 páginas, el autor, Nicholas O. Berry, profesor de Política y Relaciones Internacionales en el Ursinus College de Pensilvania, EE.UU., expone los últimos acontecimientos en el ámbito de los conflictos armados y extrae reiteradamente la conclusión de que el CICR ha decidido optar por una nueva y velada estrategia: escudándose en sus tradicionales operaciones de asistencia y de protección, el CICR —sostiene Berry— está ahora intentando también «socavar la institución de la guerra, … induciendo a los Gobiernos y los organismos de la ONU a que intervengan, …siguiendo de cerca los casos de brutalidad, … haciendo públicos los desmanes… e influyendo en las operaciones de la ONU», por sólo citar algunos ejemplos. ¡Una afirmación realmente provocativa! No tanto para alguien que sabe que la paz —como lo opuesto de la guerra— es el objetivo final del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, según se explica en el primero de los Principios Fundamentales en que se basa su labor (en particular elde humanidad) y anuncia uno de sus principales lemas («per humanitatem ad pacem»). Pero, igual que el toro acude al consabido trapo rojo, los combatientes u otras personas implicadas en conflictos armados aceptan gustosas la labor neutral y confidencial del CICR. La provocativa frase antes citada los induce a una conclusión errónea, como si dijéramos: «¡Deja entrar al CICR y verás lo que te hacen!» Es también una provocación para el propio CICR, teniendo presente que «inter arma caritas» (el otro lema principal de la Cruz Roja) y los Principios Fundamentales de neutralidad e independencia siguen constituyendo los cimientos de su labor, como su propio estudio PORVENIR [1] ha vuelto a confirmar recientemente. Antes de hacer cualquier otro comentario acerca de la tesis del autor de que el CICR tiene una «nueva misión», cabe destacar el mensaje subyacente y optimista del libro, en el sentido de que la índole de los conflictos armados ha cambiado drásticamente desde finales de la guerra fría, haciendo que la intervención de terceros pueda paliar mucho más los sufrimientos de las víctimas de la guerra y hasta resolver los conflictos armados. En una época en que la prevención y la resolución de los conflictos se está convirtiendo en la máxima prioridad para la comunidad internacional, el CICR, aunque es uno de esos terceros, sólo puede lograr, en mi opinión, efectos limitados e indirectos en la manera cómo se libran o se resuelven las guerras. El libro ofrece una buena visión de conjunto de la naturaleza de los conflictos armados actuales, con ejemplos concretos que ilustran esta descripción general. Durante la guerra fría, la mayoría de los conflictos armados eran internacionales o tenían una dimensión internacional, puesto que las facciones beligerantes zonales o nacionales recibían el apoyo de una de las dos superpotencias. Pero ahora las guerras internacionales se han hecho «disfuncionales», por ser demasiado onerosas y estar consideradas como una amenaza para el sistema económico y democrático internacional, actualmente multipolar e integrado por naturaleza. Como concluye Berry de manera optimista: «Nunca hasta ahora ha sido la guerra tan poco atractiva como método para resolver desacuerdos entre Estados. La denominada 'Larga Paz' se alargará aún más.» Tras la guerra fría, los conflictos son predominantemente internos y se han vuelto más cruentos. Con la falta de autoridad de los Gobiernos y la actual ausencia de intervención de las superpotencias, las diferencias internas estallan en forma de guerra. La población civil se convierte en el blanco principal de los ataques, cuyos resultados son «depuración religiosa», «limpieza étnica», un porcentaje de víctimas civiles del 90% y un gran aumento del número de refugiados. Con la implicación de los civiles y el uso de armas portátiles, los conflictos internos cuestan relativamente poco y así «continúan siendo alternativas para solventar disputas nacionales.» El caos es el único calificativo que se acerca a una descripción apropiada de algunos conflictos, dominados por señores de la guerra y en los que la violencia se ha convertido en un fin en sí mismo. Berry ilustra el horror de los conflictos internos con los ejemplos de ex Yugoslavia (limpieza étnica), Ruanda (genocidio), Sudán (matanzas y hambrunas, con una cifra de bajas muy superior al millón desde 1983), Afganistán (un millón de muertos, Kabul hecho un erial, una economía primitiva y millones de minas terrestres activas, que siguen causando muchas bajas), Guatemala (matanzas, desapariciones, emboscadas, desplazamientos forzosos y ejecuciones) y Chechenia (40.000 muertos y cerca de 400.000 personas desplazadas). El autor se muestra, en particular, decepcionado por el desinterés que manifiesta la comunidad internacional por algunas de estas guerras, sobre todo teniendo en cuenta su tesis general de que la intervención de terceros puede paliar los sufrimientos y abreviar el conflicto. El autor afirma que la intervención de terceros puede «sabotear» estas guerras, «trastocar la relación de fuerzas», «mitigar los horrores del combate» y «sentar las bases de acuerdos diplomáticos», y cita como ejemplos la prevención de la victoria de alguna de las partes en ex Yugoslavia gracias a la intervención masiva de la ONU y de la OTAN; las grandes operaciones humanitarias de las ONG y los organismos de la ONU en la región de los Grandes Lagos africanos y la participación de inspectores de derechos humanos, de periodistas y de representantes de la ONU en la resolución del conflicto de Guatemala. Pero, al mismo tiempo, señala los límites de tal intervención. Para las organizaciones humanitarias, los principales problemas son la seguridad y el acceso, en vista de los crecientes ataques y amenazas contra el personal humanitario, el bloqueo de las distribuciones de alimentos y del acceso a los refugiados, y las grandes cantidades de armas ligeras utilizadas. Para las poderosas entidades políticas, los encargados de mantener la paz y los medios informativos, la cuestión clave es cómo implicarse en un conflicto a fin de «conformar un desenlace y articular un acuerdo». Berry opina que el CICR no sólo actúa como organización humanitaria —prestando protección y asistencia sobre una base neutral e imparcial—, sino que ejerce también presión sobre las organizaciones internacionales, las ONG y las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, entre ellas probablemente también la mía. Ambas actividades fomentan, según él, la «misión no declarada» de socavar y resolver las guerras civiles, ya que la labor operativa hace disfuncional la guerra, por una parte, y el cabildeo está orientado a implicar a terceros en el conflicto, por otra. El autor explica que la labor del CICR en situaciones de conflicto armado, cuya descripción se basa en el Informe de Actividad anual de la Institución de 1995, tiene por fundamento jurídico los Convenios de Ginebra de 1949 y sus Protocolos adicionales de 1977, y la ilustra con referencias a los conflictos armados mencionados. Según Berry, las visitas a detenidos, las actividades de búsqueda y la reunión de familiares, así como las entregas de socorros, las operaciones quirúrgicas, los proyectos agrícolas y la difusión del derecho internacional humanitario son actividades que tienen todas por finalidad no sólo «paliar los sufrimientos que causa la guerra, sino también evitar que ésta tenga éxito como estrategia». Es cierto que cuanto más los beligerantes tomen indiscriminadamente por blanco a la población civil, como estrategia de combate, tanto más se menoscaba tal estrategia mediante la ayuda y la protección prestadas a los civiles. Cuanto más se atribuyan las causas profundas de la guerra y de la dependencia de los beligerantes a la falta de desarrollo socioeconómico, más se tomarán en consideración la asistencia, la reconstrucción y el desarrollo para erradicar esas causas. De ahí que la labor operativa del CICR y de todo el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja mine efectivamente la institución de la guerra. Pero, a mi juicio, esto no es más que una consecuencia de la índole de los conflictos internos actuales y no una nueva estrategia real [2]. Lo mismo cabe decir de la labor de cabildeo entre otras terceras partes. Como explica el autor, el CICR se ha visto confrontado con «la proliferación de ONG principiantes» y con el creciente papel de la ONU en los conflictos armados, lo que plantea problemas de coordinación y siembra la confusión en cuanto a sus cometidos. Según mi experiencia, el CICR aprovecha por ello cualquier ocasión para explicar su cometido neutral y su misión, que se limita a prestar asistencia y protección a las víctimas de la guerra, señalando al mismo tiempo las responsabilidades de otros terceros. En reiteradísimas ocasiones, el CICR ha tenido que defender su cometido y su misión específicos, precisamente para evitar que estos conflictos armados arrastren al CICR a una política tendente a resolverlos o proseguirlos. Pero el autor interpreta esto como una estrategia con veladas intenciones. Tomando como base el análisis pormenorizado del Código de Conducta relativo al socorro en casos de desastre para el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y de las organizaciones no gubernamentales (ONG) [3], Berry sostiene que el CICR está «guiando a la comunidad internacional» y «a todo el Movimiento», y asegura que «en todo el Código se ha tenido principalmente presente la guerra y la asistencia en caso de guerra». El Código de Conducta se concibió, desde un principio, con las actividades asistenciales como preocupación primordial, aunque lo hayan elaborado y promovido la Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y otras seis organizaciones humanitarias internacionales. El CICR no participó hasta después, cuando se había elaborado el primer proyecto. Con respecto a la guerra, el Código «se interpretará y aplicará de conformidad con el derecho internacional humanitario», limitando mediante ello su alcance, dado el claro sentido de soberanía que contiene ese cuerpo de derecho. Una mejor coordinación (hasta ahora, 147 ONG han refrendado el Código) y una mayor participación de las organizaciones internacionales gubernamentales y de los Gobiernos (algunos Gobiernos donantes utilizan el Código como línea directriz) mejorarán sin duda la ayuda humanitaria y con ello se paliarán los sufrimientos que causa la guerra, pero, al examinar el Código de Conducta, parece poco convincente el argumento de que éste sea el principal vehículo del CICR para guiar a la comunidad internacional. Lo mismo cabe decir de la opinión de Berry en cuanto a los «objetivos del cabildeo» del CICR con respecto a la ONU. Fundamentando su argumentación en las declaraciones de simposios y en documentos de trabajo de conferencias, afirma que el CICR está tratando «de formalizar el compromiso de la ONU a intervenir», «de alentar a la ONU a emprender una diplomacia preventiva» o «de lograr que la ONU inicie un proceso para codificar un cuerpo más amplio de derecho internacional humanitario». Estas aseveraciones parecen insistir demasiado en una estrategia del CICR que, lejos de ser un plan oculto, es simplemente consecuencia de los conflictos armados actuales. Aquí también, confrontado con una ONU más operativa (desde sus organismos humanitarios hasta sus operaciones de mantenimiento de la paz), el CICR aprovecha todas las oportunidades tanto para confirmar su cometido específico e independiente frente a la ONU como para tratar de convencer a ésta y a sus miembros de sus responsabilidades en virtud del derecho internacional humanitario, incluido el cumplimiento de éste por las tropas de la ONU y la obligación general de respetar y de garantizar el respeto de las obligaciones humanitarias. En mi opinión, todo lo demás es interpretación personal. War and the Red Cross es un decidido llamamiento a la intervención de terceros en los actuales conflictos armados no internacionales, con la optimista visión de que es inminente el fin de la guerra como institución. Es cierto que el CICR desempeña un papel en ello, pero, como se ha indicado, esto es más bien una consecuencia de la índole de esos conflictos que el objetivo de una misión no declarada. Cabe interpretar que el libro atribuye un crédito enorme al CICR en el ámbito de la resolución de conflictos, pero tal interpretación, fuera del contexto más amplio, convertiría posiblemente a los delegados del CICR en blancos aún mayores de lo que ya son para las facciones beligerantes actuales. Hace sólo poco tiempo que el CICR ha concluido su proyecto PORVENIR, en el que se confirma que «El cometido exclusivamente humanitario del CICR es proteger la vida y la dignidad de las víctimas de la guerra y de la violencia interna y prevenir los sufrimientos resultantes de tales situaciones, prestando servicios directamente a las víctimas, desempeñando su cometido de Institución y de intermediario neutral e independiente (e) influyendo en el comportamiento de todos los agentes potenciales y reales de esas violencias, mediante el diálogo y la difusión del derecho humanitario y de los principios del Movimiento, así como una acción normativa» [4]. Este planteamiento confirma por completo el papel tradicional del CICR. Además de la labor diaria que la Cruz Roja realiza sobre una base neutral e independiente, las conclusiones del proyecto PORVENIR deberían disipar cualquier duda acerca del «plan oculto» del CICR en situaciones de conflicto armado. No hay tal «misión no declarada». ******* Wilfried Remans, Director del Departamento de Relaciones Internacionales, Cruz Roja de Bélgica-Flandes ******* Notas: |