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25-09-2009  Entrevista  
Afganistán: el costo humano de la guerra
Patrick Hamilton acaba de finalizar un período como jefe adjunto de la delegación del CICR en Afganistán, donde el conflicto, por su parte, se intensifica y extiende. En esta entrevista, explica cómo el CICR ha podido ampliar sus operaciones en los últimos años gracias a sus principios de neutralidad e independencia.

©CICR
Patrick Hamilton, jefe adjunto saliente de la delegación del CICR en Kabul.  

 ¿Cuál es el estado del conflicto hoy y cómo lo ha visto evolucionar en los últimos años?
 
Cuando llegué por primera vez a Afganistán, en 2001, la mayor parte del país estaba en situación de paz. Los trabajadores humanitarios extranjeros podían ir prácticamente a todos lados. Cuando comenzó la operación militar internacional a finales de 2001, Afganistán inició otro capítulo oscuro de su historia. A comienzos de 2003, Afganistán se volvió mucho más peligroso para el personal humanitario, y en ese contexto un delegado del CICR fue asesinado, lo cual marcó el fin del acceso de la ayuda humanitaria tal como lo conocíamos, y el comienzo de una insurgencia generalizada.  Desde entonces, el conflicto no ha dejado de intensificarse. Hoy en día, la zona afectada por el conflicto sigue extendiéndose, y los enfrentamientos son cada vez más intensos.
 
¿De qué modo el conflicto está afectando a la población civil?
 
La población civil está atrapada entre la oposición armada, por un lado, y las fuerzas internacionales y las fuerzas afganas, por otro lado.
 
El conflicto se libra literalmente en medio de la población civil, de modo que ésta sufre sus consecuencias directas, es decir que a veces queda en medio del fuego cruzado o es alcanzada por los ataques aéreos, los atentados suicida o el estallido de dispositivos explosivos improvisados.
 
Pero también están las consecuencias indirectas. A causa de las hostilidades, la población civil está privada de los servicios básicos, como el de atención médica, ya que los médicos no pueden llegar hasta las zonas alejadas y la gente no puede llegar hasta las localidades donde están los médicos. Las mujeres embarazadas suelen pasar días tratando de llegar al hospital, porque están lejos de las instalaciones médicas. Muchas mujeres comienzan con el trabajo de parto en medio del viaje; varias han muerto, junto con el bebé, porque no han podido llegar al hospital a tiempo.

El costo humano de la guerra ha aumentado en forma constante en los últimos años y ha llegado a niveles escandalosos. Esto tiene que terminar ya.

  • El conflicto armado ha afectado prácticamente a toda la población afgana, sea directa o indirectamente.
  • Muchas de las personas afectadas por el conflicto han tenido que abandonar sus hogares, tienen acceso limitado a los servicios básicos, han perdido el contacto con sus familiares, han perdido sus medios de sustento, o sus bienes han sido gravemente dañados.

Datos tomados de un estudio realizado en 2009. Vea el estudio completo.

 
Nos dice que esta guerra se está librando de tal manera que afecta duramente a la población civil. ¿Qué está haciendo el CICR con respecto a la conducción de las hostilidades?
 
En los últimos tres años, iniciamos o retomamos el diálogo con los países que tienen fuerzas armadas desplegadas en Afganistán, con la OTAN, con las fuerzas de seguridad afganas y con la oposición armada. El objetivo es que todos acepten la misión del CICR, nos den acceso a quienes sufren las consecuencias del conflicto, así como analizar las maneras en que podrían modificar la conducción de las hostilidades, de modo tal de reducir el impacto de la guerra en los no combatientes.
 
 Lo que ahora estamos escuchando de los dirigentes de todas las partes, con una claridad inédita, es que tienen la intención de proteger a los civiles de los efectos del conflicto. Esa intención se refleja en, por ejemplo, las directivas tácticas de la OTAN y las recientes declaraciones de los líderes talibán.
 
Sin embargo, los enfrentamientos siguen causando la muerte de civiles. Traducir esa intención en una mayor protección sigue siendo un desafío. Lo seguirá siendo en la medida en que el conflicto continué intensificándose.
 
Hay entonces una intención de reducir los efectos del conflicto en la población civil. ¿A qué se debe ese cambio de actitud?
 
Ha habido varios factores. El primero es que el conflicto se ha prolongado mucho y ahora se está intensificando. El gran número de incidentes que tienen efectos graves en la población civil afecta a políticos, combatientes y a todo aquel que lea las noticias. Hay una conciencia cada vez mayor de la necesidad de observar más estrechamente las correspondientes obligaciones jurídicas y morales.
 
Pero también hay intereses propios. Ambas partes desean ganarse a la población civil, y reconocen que el hecho de causar heridos en la población no puede sino quitarles el apoyo de los afganos y generar más resentimiento y odio hacia los responsables.
 
Por último, el diálogo confidencial del CICR con ambas partes las ha vuelto más conscientes de las consecuencias de sus acciones. Esto ha sido posible gracias a que el CICR ha cumplido su papel de guardián del derecho internacional humanitario y de voz de las víctimas del conflicto.
 
Para la mayoría de los afganos es difícil obtener atención médica. ¿Qué sucede con las víctimas del conflicto?
 
En Afganistán, la atención médica es mínima en el mejor de los casos. El CICR está particularmente preocupado por los numerosos ataques contra el personal sanitario, las instalaciones médicas, los enfermos y los heridos. Esos ataques son contrarios al derecho internacional humanitario e impiden que el personal sanitario desempeñe su labor en las zonas donde más se lo necesita.
 
Según un estudio que recientemente realizó Ipsos para el CICR, más de la mitad de la población de Afganistán tiene un acceso limitado, sino inexistente, a la atención médica.
 
Y para empeorar las cosas, la población de las zonas alejadas tiene tanto miedo de ser capturada por una parte u otra que con frecuencia ni siquiera trata de llegar a los centros médicos de las aldeas.
 
El CICR seguirá subrayando que la protección de los servicios médicos y de quienes los necesitan no es sólo una cuestión de respeto del derecho; es por el bien de todos.
 
¿Qué desafíos operacionales específicos afronta el CICR en un contexto tan complejo y peligroso como Afganistán?
 
El desafío más evidente es obtener acceso a las personas y a los lugares en buenas condiciones de seguridad. La complejidad de conflicto significa que tenemos que hablar con todas las partes, en todos los niveles, para asegurarnos de que comprendan, acepten y respeten la presencia y el cometido del CICR, y de que nos permitan seguir cumpliendo nuestra labor.
 
Nuestros esfuerzos por restablecer el diálogo con todas las partes a lo largo de los últimos tres años nos han permitido recuperar su respeto y su comprensión, a menos al nivel del liderazgo. Por ello, hemos podido ampliar nuestra cobertura geográfica y llegar a zonas adonde no habíamos podido ingresar por algún tiempo, lo cual es alentador. Sin embargo, todavía tenemos que movernos con cautela. Es imposible obtener garantías de seguridad totales, tan sólo porque hay miles de dispositivos explosivos improvisados esparcidos por todos lados y porque hay un alto nivel de criminalidad.
 
De modo que, si bien el CICR ha logrado que se vuelva a respetar su misión en muchos lugares, lo que nos ha permitido ayudar a más personas, Afganistán sigue siendo un contexto peligroso, y hay muchas zonas adonde no podemos ingresar.
 
 ¿Cómo hace el CICR para mantener el contacto con la oposición armada?
 
La oposición armada y el CICR comenzaron a dialogar apenas iniciadas las hostilidades, y el hecho de contar con expatriados que hablan el pastho en nuestro equipo sin duda nos ha ayudado mucho. El contacto frecuente con personas que venían a vernos para saber de sus familiares detenidos en Estados Unidos o que estaban bajo custodia afgana nos ayudó a ganarnos su confianza, pues la gente se dio cuenta de que estamos preparados para escuchar, tomar en serio sus problemas y responder a ellos, sin ninguna otra intención más que ayudar. Eso fue crucial.
 
El diálogo con la oposición armada comenzó con cuestiones humanitarias concretas, como el tema de las personas heridas en los enfrentamientos y lo que podíamos hacer para ayudarlas. Después pasamos a la cuestión de devolver los cuerpos de civiles y de combatientes a sus familiares, para que les dieran digna sepultura.
 
A partir de allí, pudimos plantear otros temas, como la conducción de las hostilidades y el acceso a la gente y los lugares. También pudimos hablar de la realización de otros programas humanitarios, como la campaña de vacunación contra la poliomielitis.
 
Paulatinamente, fuimos convenciendo a todas las partes de que estábamos haciendo lo que habíamos hecho a lo largo de los últimos 30 años, es decir ayudar a las personas afectadas por la guerra, tratar a todas las personas según lo que establece el derecho internacional humanitario, independientemente de sus opiniones políticas. Todas las partes nos han visto hacer lo mismo. También nos han visto respetar nuestro cometido y nuestros principios de neutralidad e independencia. Por ello, han estado cada vez más dispuestas a dejarnos hacer nuestra labor.
 
 ¿Cómo puede resumir la posición del CICR en Afganistán?
 
Desde el punto de vista del CICR, han sucedido dos cosas el año pasado. Las malas noticias: la extensión del conflicto y el aumento del sufrimiento humano que acarrea; las buenas noticias: que todas las partes están comprometidas en forma más concreta con el CICR y las cuestiones humanitarias. Ese compromiso tiene que seguir afirmándose, pero es un rayo de luz en medio de la oscuridad.  

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25-09-2009